sábado, 6 de noviembre de 2010

Participando en 'Pequeñas Resistencias 5'


Andrés Neuman repasa lo mejor del nuevo cuento español en 'Pequeñas resistencias 5'

Europa Press, 04 de noviembre de 2010 a las 20:34

El autor Andrés Neuman publica la antología 'Pequeñas resistencias 5', que repasa la literatura breve de la última década a través de la obra de cuarenta jóvenes escritores del siglo XXI, ocho años después de su primera inmersión en los mejores caladeros del "nuevo cuento español".

El libro, publicado por Páginas de Espuma, muestra el actual esplendor de la narrativa breve en nuestro país a través de la mirada original de medio centenar de autores noveles y coincidiendo, a su vez, con el décimo aniversario de esta editorial independiente.

De esta forma, el creador de 'Pequeñas Resistencias' regresa a sus orígenes a través de una "exploración dinámica" y "sin prejuicios estéticos" del relato breve, registrando "sus tradiciones, su diversidad, sus cambios y, muy en particular, el avance las jóvenes narradoras".

La publicación, prologada por Eloy Tizón, reúne así "firmas consagradas y nombres por descubrir", "trayectorias sólidas y apuestas sorprendentes", en una apuesta decidida por el "talento" completada con un apéndice en forma de cuestionario sobre los nuevos autores nacionales.

Antología de relatos 'Pequeñas Resistencias 5' (diario El País)


REPORTAJE: talentos

Los últimos en vivir del cuento

Páginas de Espuma reúne en 'Pequeñas resistencias 5' los textos de 40 escritores nacidos después de 1961

CAMILO SÁNCHEZ, EL PAIS - Madrid - 05/11/2010

El cuento ha ganado espacio entre editores y lectores a base de argumentos ingeniosos y calidad narrativa. Un buen ejemplo: la historia de un desdichado que se dedica a responder los spam para aliviar los agujeros dejados por una soledad mal llevada. Este y otro puñado de relatos, firmados por 40 escritores nacidos después de 1961, se incluyen en Pequeñas Resistencias 5, Antología del nuevo cuento español, presentada ayer bajo la mirada escrutadora de una veintena de autores en el salón Borges de la Casa de América de Madrid.

El libro sirve como una "cartografía" del nuevo relato corto en español

Los escritores de esta edición, entre los que se encuentran Mercedes Cebrián, Elvira Navarro, Espido Freire, Berta Marsé o Ricardo Menéndez Salmón, no pertenecen a una misma generación ni tampoco pueden ser encasillados dentro de una corriente estética. Se trata, simplemente, de autores de distintas edades que han publicado al menos un libro de cuentos desde 2001.

El encargado de la presente edición fue el argentino Andrés Neuman, quien explicó que la selección se ha basado en la diversidad estética y en las propuestas de calidad. "En esta sociedad de la hiperabundancia", dijo, "un libro de estas características sirve para ofrecer una síntesis al lector".

Estados Unidos y América Latina tienen una tradición cuentística más arraigada que la de España. Páginas de Espuma asumió hace diez años el desafío de llenar esa "fisura de manera casi quirúrgica". Para "celebrar" esos diez años dedicados a "vivir del cuento", también se editó un libro con retratos del argentino Daniel Mordzinski -o "fotinski" como le llamó Andrés Neuman-.

El primer tomo de Pequeñas resistencias salió en 2002, dedicado al nuevo cuento español. El segundo reunió textos de autores centroamericanos; un tercero se dedicó a la nueva literatura suramericana, y el cuarto recopiló textos de Norteamérica, México y el Caribe. "Es una herramienta muy útil porque sirve para entender por qué caminos va el cuento en nuestro idioma y por dónde puede ir en el futuro. Como brújula funciona muy bien; es una antología que corrobora el buen momento que vive el cuento en español", indicó el escritor Eloy Tizón, prologuista del tomo, que cuenta con 505 páginas.

Juan Casamayor, director de la editorial, y condecorado de manera simbólica con un pin de Edgar Allan Poe, repasó las andaduras del sello editorial desde febrero de 2000, cuando apareció en las librerías el primer título, Escritos de Buñuel. A juzgar por el interés creciente de los lectores, ha quedado claro que los libros de cuentos ya no suelen ir a parar a la basura.

jueves, 20 de agosto de 2009

Cercanías

Este cuento pertenece al libro 'La mujer sin memoria y otros relatos'.

Clo está pasando la aspiradora por la alfombra india del salón cuando suena el teléfono.
Es su marido. Habla en voz baja.
—Clo, he estado pensando. He pensado en nosotros, en lo bonito que era, en cómo lo estamos estropeando con nuestras discusiones...
Hace una pausa y continúa cuando encuentra las palabras adecuadas:
—Mira, creo que lo mejor será que dejemos de hablarnos por un tiempo. Seguimos la convivencia igual que siempre pero sin hablar. A veces tengo la sensación de que las palabras nos estropean, que son todo malos entendidos.
Clo suelta el mango de la aspiradora y se sienta en el sofá.
—¿Qué te parece?, ¿no es una buena idea? —sigue hablando él.
—No sé —contesta Clo.
—Piénsalo. Yo creo que nos puede venir muy bien: ni una palabra de ahora en adelante. Salvo para hacer el amor. Ahí sí vale hablar, que sé que te encanta que te diga guarrerías.
Clo emite una risa suave. Luego añade:
—A ti también te gusta.
—Pues por eso. Sólo podremos hablar cuando tengamos sexo. El resto del tiempo que pasemos juntos ni una palabra. Hasta que volvamos a vivir como antes.
—Es la última vez, Max. Si esto no funciona no hay nada que hacer. Ya lo hemos intentado todo.
—De acuerdo. Sólo una cosa más: te quiero.
—Yo también te quiero.
Tras colgar el teléfono Clo se queda en el sofá. Se tumba y pone las piernas en alto. Voltea lentamente la cabeza y mira la alfombra india del salón; la mitad limpia y luego las madejas de pelo de gato que hay en la otra mitad. Piensa que quiere a su marido, luego piensa que también querría vivir otras vidas. Se da cuenta de que lo quiere todo y se asusta.
Después baja a la calle. Lleva en unas bolsas las cortinas del salón y las fundas del sofá.
Sentada en un banco de la lavandería, mirando las secadoras, Clo se deja llevar por el meneo silencioso y monótono de aquellos tambores que giran de derecha a izquierda a gran velocidad. Entonces imagina que quizá una vida silenciosa sea una vida mejor, una vida más limpia.

Días más tarde la convivencia es extrañamente tranquila. No hablan, no discuten y al llegar la noche hacen el amor.
Pero la idea de Max no funciona porque después de las primeras caricias, de las primeras palabras tiernas y de deseo, aparece por sorpresa alguna frase de boca de cualquiera de los dos que nada tiene que ver con aquel amor que se traen entre manos y, entonces, se enganchan el uno con el otro y discuten de nuevo.
—Estamos enfermos —dice él finalmente.
Después llegan al acuerdo de dejar de hacer el amor.
No hablan, no discuten. Cada noche tapan sus deseos bajo las sábanas de hilo. Luego los echan a los pies de la cama, arrinconándolos para que no estorben como Clo hacía antes con sus bragas y Max con los calzoncillos. Intentando conciliar el sueño cuanto
antes para salvar la relación. Como para protegerla de un mal mayor.

Clo encuentra trabajo en una cafetería de la zona empresarial de la ciudad. Max cambia el turno del suyo para coincidir en casa lo menos posible. El gato va engordando y, una noche, Clo sueña que hace el amor con todos los hombres con
los que tropieza camino del trabajo.
Al día siguiente le explica a su jefe que debe salir antes para ir al dentista. En su lugar, toma el tren hasta aquellos grandes almacenes de las afueras de la ciudad.
Allí compra una cámara de vídeo. Con ella se filma desnuda sobre la cama.
También coloca la cámara sobre el poyete del lavabo y se ducha con las cortinas descorridas. Luego le deja a Max las cintas de vídeo sobre el televisor y él las ve de madrugada, una y otra vez, hasta quedar exhausto.

Pasan las semanas. Max ha aprendido a utilizar aquella cámara y se graba para Clo desnudo, haciendo flexiones, secándose el cuerpo recién salido de la ducha, fregando el suelo del baño. Y Clo acaba derretida entre los cojines del sofá cada vez que mete una cinta en el aparato de vídeo y le ve a él dentro de la pantalla.
Cuando están juntos en casa ambos fingen no reparar en la presencia del otro pero a menudo se juntan en el sofá para ver los mismos programas de la televisión y uno acaba por fingir que se duerme para dejar caer su mano sobre la mano del otro, o se rozan con la pierna que tienen más cerca. Clo coge la costumbre de sentar al gato entre ellos dos y mientras ambos aparentan acariciarlo se buscan con los dedos hasta
que se encuentran y padecen el escalofrío de su cercanía.

A veces Max se sorprende escondido detrás de una puerta o asomándose a otra habitación y observando a su mujer como si fuera una desconocida. A estas alturas su presencia le produce gran curiosidad, ahora le resulta misteriosa.
Se queda como fascinado o estupefacto mientras ella se prueba sus vestidos y da vueltas sobre sí misma frente al espejo. Se imagina cosas, con ella. Tiene que dominarse para no moverse del sitio, pero lo hace, se contiene, piensa en la
promesa.

Un día, ya entrada la primavera, a Max le premian en el trabajo con un suculento talón por haber captado en los últimos meses más clientes de lo habitual entre los empleados de la compañía. A la mañana siguiente coge su coche y se desplaza hasta esos grandes almacenes de las afueras de la ciudad.
Deja el automóvil aparcado en la explanada del parking.
Hace calor.
A lo lejos un tren plateado cruza los campos de trigo. Más cerca se alzan unas enormes torres de alta tensión y también una fábrica o una refinería.
Max se gira sobre sus talones y con la chaqueta al hombro entra en los almacenes.
Tres horas después sale de allí y en una semana tiene montados en su casa dieciocho muebles nuevos.
El angosto pasillo que lleva a todas las habitaciones es ahora una especie de túnel comprimido, atestado de muebles, por el que cada vez que Clo y Max se cruzan, él siente los pechos de ella rozándole el torso y ella tiene que cogerlo por la cintura
para poder pasar. Casi se rozan los labios cerrados porque ella levanta mucho la cabeza fingiendo necesitar aire; y él decide volver a afeitarse cada mañana para no rasparle con la barba.
La vida está ahora envuelta en un silencio mantenido a base de sensaciones.

Otra noche, estando Clo sola en casa, se le ocurre una idea mientras se lava los dientes. Va a la habitación, baja las persianas, se pone de pie sobre el colchón de matrimonio y comienza a dar saltos. Habían comprado esa cama hace tres años(recién alquilaron la vivienda) y la garantía ya ha expirado.
Salta, brinca, patalea hasta quedar extenuada y cuando comprueba de nuevo el colchón éste tiene varios muelles rotos. El parqué cruje ahora doblemente cuando el gato se
asoma para ver qué pasa y estira sus orejas estremecido.
A la mañana siguiente Clo pide de nuevo permiso en la cafetería y toma el tren hasta alejarse de la sensatez de la ciudad.
Se apea en una estación pequeña, nueva, muy limpia.
Camina quince minutos por un polígono hasta llegar a los grandes almacenes. Allí encarga el colchón más pequeño que encuentra y pide hablar con el encargado del establecimiento para que instalen la nueva cama en su casa esa misma tarde.
Esa noche Max y ella duermen más apretados que nunca.
Amanece y Max descubre en el rostro de Clo una enorme sonrisa.
Han tenido que pasar la noche abrazados para no caerse de la cama y cuando en el trabajo ella se lleva a la boca la taza de café que acostumbra a tomar cada mañana, le viene un olor dulce, embriagador, ligero, salado. Se huele las manos.
Huelen a Max.

Hasta que llega un caluroso sábado de mediados de verano. Clo, que vuelve de comprar el pan, encuentra en el buzón una carta del administrador de la finca. La carta dice que por graves complicaciones en la infraestructura del edificio deben abandonar la vivienda lo antes posible ya que el próximo invierno será derribada.
Al entrar en el salón con aquella cara pálida, Max se acerca hasta Clo y le coge la carta. Ella separa un mueble del tabique del salón y ve entonces las grietas en las paredes. Se miran durante varios minutos. Después se abrazan y dejan caer unas lágrimas el uno en el hombro del otro.
Vuelven a mirarse, a abrazarse. Tan platónico es lo que sienten ya por aquel entonces que ninguno de los dos se atreve a estropearlo con palabras y cada uno decide marcharse a su ciudad natal cuando arreglen los trámites de la mudanza.

Mientras tanto, caminan torpemente por aquella casacada vez más reducida, más llena de muebles y, sin querer, lo van volcando todo a su paso, sillas, estantes, vasos, cubiertos. Nerviosos y excitados de saberse, aún, el uno cerca del otro.
Idealizándose tanto que ambos sienten ahora vergüenza de mirarse a los ojos y se ruborizan cada vez que esto ocurre.

La mujer sin memoria



Este cuento pertenece al libro 'La mujer sin memoria y otros relatos'.

La mujer sin memoria mira a los ojos al hombre con quien acaba de hacer el amor y se estremece.
Están desnudos sobre la cama, sobre las sábanas azules. Él ha apoyado la espalda contra la pared. Respira hondo. Entreabre los labios voluptuosos. Ha extendido las piernas a lo largo del colchón y acaricia la mano de ella.
Ella sigue tumbada. Su melena rubia se vierte sobre el almohadón de plumas, se derrama por todas partes. Parece que estuviera nadando, o flotando en el aire, con toda esa melena desplegada.
Las cosas no son nada fáciles para esa mujer, no hace falta decirlo. En cualquier momento todo lo que acaba de ocurrir en aquella habitación se borrará de su mente, dejará de existir. Ella seguirá recordando los conceptos, pero no a las personas. Mientras tanto, ahora, no percibe nada más que al hombre
que hay a su lado. Tan impresionada está.
Se pregunta si será la primera vez que están juntos, le parece guapo y sensual. Le gusta mucho.
El atardecer se filtra por las ranuras de las persianas bajadas, destila finas hebras de sol por las paredes de la estancia.
No se oye nada en ningún lugar.
Él cierra los ojos y aprieta su mano con fuerza. Ella le imita y pronto siente que se cae por un agujero muy profundo y que todo su cuerpo se hunde. Es una sensación grandiosa, la más intensa que cree haber vivido.
Siente vértigo, que le falta el aire e, impresionada por lo extremo de las sensaciones que la absorben, abre los ojos azules que se quedan muy redondos mirando al techo del cuarto.
Respira hondo.
Se pregunta si será amor eso que ha sentido.
Pasan unos minutos.
Cuando vuelve a mirar al hombre, se estremece. Le embarga una sensación extraña. Le ve pero no le sitúa. Él no tiene un lugar en la cabeza de esta mujer. Nadie lo tiene.
¿Por qué se siente como si estuviera nadando en un lago sin fondo y con los ojos vendados? ¿Cuántas veces se habrá hecho la misma pregunta?
Aún reconoce las últimas horas que ha pasado con él. Nada más que eso.
Se asusta.
Enseguida su mente racionaliza que es muy probable que cada día tenga idénticas sensaciones. Que es inútil ponerse triste.
«Quizá sea mejor así —se dice—. Sin recuerdos».
No puede ni imaginarse cómo sería la sensación de almacenar datos y sentimientos durante años sin descanso. Cree que su mente no podría soportar el peso de un solo recuerdo porque no está acostumbrada a ello.
Finalmente, abraza al hombre que tiene a su lado. Abarca todas las gratificantes sensaciones que le produce su compañía.

El tiempo transcurre.

Una noche, las farolas iluminan la lenta caída de los copos de nieve. La mujer sin memoria contempla la imagen a través de una ventana. La nieve cubre los tejados de la ciudad, las antenas y los árboles de la calle.
Dentro del apartamento la calefacción está al máximo y el aire es caliente.
Suena la música de Barry White.
La mujer que no tiene memoria vuelve a la cama. Se quita el albornoz y se echa boca abajo junto al hombre allí tumbado. Se abrazan.
Se siente feliz.
Piensa que está enamorada de él.
Sonríe. Se ilumina.
Enseguida levanta su cuello esbelto para mirar a los ojos al hombre.
Él continúa tumbado boca arriba y tararea la canción. Solo sigue la melodía, no canta la letra.
Parece contento.
Ella se inclina para besarle.
El pelo suelto le cae sobre los hombros y roza el pecho del hombre.
Se acerca. Besa aquello que le produce tanto placer.
No sabe si es la primera vez que están juntos. No quiere hacerle preguntas porque no le apetece sentirse una inválida.
A él se le nota perfectamente que sí tiene memoria, se le ve muy seguro de sí, de sus actos, como sabiendo dónde está y con quién en todo momento, como quien tiene un pasado ya hecho y un futuro por lo menos medio planeado. Ella ni siquiera cuenta con el dato de si le ha conocido esa misma noche o llevan juntos, por ejemplo, diez años.
De repente le mira con esa mirada poderosa que siempre tiene la mujer sin memoria.
Ella mira así, tan intenso, casi con urgencia, porque necesita aferrarse a algo con los ojos, a cualquier cosa, para no sentir ese desapego a todo que tan a menudo la ahoga.
De nuevo baja la cabeza, la deja reposar sobre el pecho del hombre. Durante un momento, descansa.
No hace falta decir que ella solo llega a descansar a ratos, instantes sueltos. Lo otro, la desazón, es una constante. A menudo controla sus impulsos (conoce su defecto y le gusta disimularlo). Con frecuencia esto la lleva al agotamiento. El agotamiento le produce sueño y cuando despierta ya no recuerda nada.
Si no hay marcha hacia delante hay marcha atrás.
Continuamente esa lucha.
Tiene el cuello ladeado, la cara mirando hacia la ventana. Se ha quedado observando la fragilidad de los copos de nieve en la intemperie, a través de la luz de las farolas.
La nevada la impresiona pero también le parece muy hermosa, muy especial, vista desde el torso del hombre, desde el interior de esa habitación.
Nadie más que la mujer sin memoria podría nunca comprender lo que ella siente cuando siente.
Ni lo poco que ella puede llegar a sentir.
Tan difícil resulta lo uno como lo otro.
De pronto se nota feliz; se imagina que tiene una vida con él.
El viento ha empezado a agitar las hojas de los árboles. Los copos de nieve vuelan ahora en horizontal, se dejan llevar.
El tiempo vuelve a transcurrir.

Una tarde, el sol entra asfixiado por las ventanas. La mujer sin memoria se encuentra en una estancia que no reconoce. No importa, ella podría incluso estar en su propia habitación y no reconocerla. Pero lo que en realidad la incomoda ahora es el hombre tumbado a su lado en la cama. Está crispada, enfurecida
con ese señor.
No recuerda que nadie le haya caído jamás tan mal, que nadie le haya puesto nunca tan histérica. No lo recuerda, pero eso es fácil para esa mujer. No olvidemos que ella lo vive todo con exacerbada pasión.
A sus ojos, todo es una novedad.
Cada detalle, extremadamente intenso.
Continuamente, este nerviosismo, esa desazón, aquella sorpresa, otro hallazgo... Y, ahora, cree que acaba de descubrir lo que es la antipatía.
En fin.
La mujer no almacena en su memoria ni una sola imagen o sentimiento que le hagan acordarse del cariño que le tiene al hombre sentado a su lado (en el supuesto caso de que ya le conozca) o, cuando menos, de ubicarse en la situación que está viviendo justo ahora.
¿Será él realmente un estúpido o tan solo tendrán un mal día cualquiera de los dos?
El hombre le está cayendo grotescamente mal y no se ve con fuerzas como para soportarle durante mucho rato. Le sacaría de esa casa, de una patada, en ese mismo instante.
A veces, consciente de su propia falta de retentiva y de todo lo que esto trastoca su vida cotidiana (si es que se puede llamar cotidiana a su vida), esta mujer piensa, razona y analiza todo lo que le sucede con mucha mayor atención que el resto de las personas. Prefiere andarse con cautela en vez de tomar decisiones apresuradas.
Respira hondo. Mira por la ventana desde su lecho, contempla el día asfixiado, el azul febril del cielo, los vencejos sobrevolando la azotea del edificio de enfrente y, de repente, se pregunta si alguna vez habrá amado a ese hombre.
Cree que es importante saberlo.
Se le ocurre que, quizá, sea él su media naranja, su amor.
Luego se le ocurre que eso es imposible.
No puede ser.
Qué tontería.
Es entonces cuando lo nota, la patada en su vientre. Por dentro. Se mira la tripa. Está tumbada pero hasta este momento no se había dado cuenta de la gran barriga que tiene. Es como un balón de fútbol. Cierra los ojos, recapacita. Los abre y se pone la mano en el vientre.
No quiere pensar en todas las frases, las preguntas, que se le vienen a la cabeza.
El hombre la mira desde arriba y sonríe. Está de pie. Le ha traído de la cocina una tableta de chocolate y ahora le ofrece un bloque de cuatro onzas.
Parece que quiere hacer las paces pero ella se mira la barriga.
¿Será fruto de su unión con ese hombre?
Enseguida alza el cuello y le observa.
No, por favor.
No quiere que él tenga nada que ver con ese vientre.
A veces es muy difícil razonar, reflexionar. A veces ella se vuelve muy impulsiva.
—¡Me caes mal, no te aguanto! —grita, de repente. Despué se coge la barriga.
Pero ella recuerda los conceptos. Los conceptos para la mujer sin memoria sí tienen valor. Un hijo es un concepto, un padre también.
Espera a que él diga algo. Se arrepiente de haberle hablado de esa manera. El hombre no dice nada. Ella espera. El hombre sigue callado cuando ella se mete la onza de chocolate en la boca, sin dejar de mirarle, y se la lleva al paladar y la aprieta levantando la lengua. Siente cómo se deshace. Él continúa callado. Entonces ella frunce el ceño y se pone a pensar.
Tiene dudas, unas dudas enormes. Le dan ganas de mandarlo todo a paseo...
Respira hondo.
No debe ser fácil vivir con una mujer sin memoria. Lo reconoce.
Divaga. Forma conjeturas.
Se sorprende.
¡Puede que él no hable por que es mudo!
Menuda pareja, ella sin memoria y él mudo.
Y, ahora, a punto de tener un hijo.
Continúa mirándole. Ahora que lo piensa no recuerda haberle oído hablar, pero ahora que lo piensa mejor tampoco recuerda por qué le caía tan mal ese hombre.
En fin.
La vida sin memoria no es nada seria. No lo es.
Se da media vuelta. Decide que lo mejor que puede hacer es dormirse.
Se siente impotente. Desde fuera cualquiera podría pensar que está loca, esa es la sensación que le da. Si tuviera memoria podría compararse con el resto de las personas. Sin embargo, en esta situación, ella no es quién para juzgarse. Sin memoria todo se idealiza.
Todas estas circunstancias se le antojan demasiado complicadas.
Cierra los ojos.
De repente, al cabo de unos segundos, le hace mucha ilusión estar embarazada y vuelve a acariciarse la barriga. Debe estar a punto de dar a luz, se dice. Ya quiere ver a su hijo.

Poco a poco empieza la cuenta atrás.
Nota una mano cálida que le roza la cintura, por debajo de las sábanas.
¿Quién es?
¿Hay alguien más ahí, con ella, en la cama?
Ahora le parece todo muy agradable. Un cuerpo caliente junto al suyo. Es un hombre. Además ahora se ha puesto frente a ella y la mira. Tiene una bonita sonrisa y los ojos encendidos.
Va a tener un bebé y junto a ella hay un hombre guapo que no deja de sonreír. Eso le produce mucha alegría. De pronto, se siente la mujer más feliz del mundo. No. Se siente la persona más feliz del planeta.
En cualquier momento todo lo que acaba de ocurrir en aquella habitación se borrará de su mente, dejará de existir. Mientras tanto ella vive. Tan impresionada está.